Esta es una historia sobre comunicación corporativa, aunque no lo parezca. Ten paciencia. Y esta historia comienza hace mucho tiempo, en la escuela. En sexto de EGB (sí, soy viejo) un buen profesor de matemáticas se fijó en que copiaba mal el enunciado de la pizarra, pero resolvía bien lo (mal)copiado.
Tras el aviso correspondiente a mis padres, ambos de vista impecable, y la visita de rigor a la óptica más cercana, hubo veredicto: miope como un topo y astigmático como el primo de un topo. A los pocos días ya llevaba unas buenas lupas sobre mi nariz.
Acababa de nacer un cegato.
Aunque los finales de los 80 y los principios de los 90 eran territorio comanche para quienes llevábamos gafas, me acostumbre bastante rápido y apenas hubo unos pequeños temblores en mi entorno. Además, no tardé tanto en llevar lentillas y la cosa fue mejorando, pero de vez en cuando mi astigmatismo vuelve.
Te estarás preguntando qué carajo tiene que ver esto con la comunicación corporativa, ¿verdad?
El astigmatismo es el George Harrison de los problemas de visión: está en el top (los Beatless) pero nunca nadie se acuerda de él. Aunque su sintomatología es variada, en mi caso se resumía a que me costaba enfocar. Con las gafas se soluciona en el noventa por cien de las ocasiones, pero había veces que, por cansancio, volvía. Y me costaba enfocar.
Más de 30 años después, ya bien adulto, me sigue sucediendo. Tras jornadas un poco intensas, ni las gafas ni las lentillas me siguen el ritmo. Y entonces hago lo único que sirve: parar un poco, respirar y volver a enfocar.
Y esto mismo me pasa con mi propia comunicación corporativa, e incluso con la visión de proyecto de La Plaza Agencia de Comunicación: con el cansancio diario, a veces perdemos el foco. Y, créeme, lo mismo les sucede a la mayoría de las empresas.
Parar y volver a enfocar es esencial no solo para la vista, sino también para cualquier proyecto empresarial. Cuando el ritmo frenético del día a día nos absorbe, podemos empezar a operar en piloto automático, resolviendo problemas inmediatos pero sin reflexionar si lo que hacemos sigue alineado con nuestros objetivos originales. Es como si, sin darnos cuenta, estuviéramos resolviendo un enunciado mal copiado: hacemos el trabajo, sí, pero no estamos resolviendo el problema correcto.
En comunicación corporativa, especialmente en el ámbito B2B, esto es más común de lo que parece. Una empresa comienza con una visión clara: posicionarse como un referente en su sector, mostrar su valor diferencial, reforzar su equipo comercial. Pero con el tiempo, y ante la presión de plazos, entregas y objetivos trimestrales, el enfoque cambia. Lo urgente se impone sobre lo importante, y sin darnos cuenta empezamos a tomar decisiones que nos alejan de lo que queríamos ser.
Por ejemplo:
El problema es que, si no paramos de vez en cuando para reflexionar, podemos terminar siendo aquello que nunca quisimos ser: una marca genérica, sin personalidad, desconectada de sus clientes.
Detenerse no es retroceder; es una forma de garantizar que seguimos avanzando en la dirección correcta. Es respirar y otear el horizonte. Esto aplica tanto a la estrategia de comunicación como a la propia identidad de la empresa. Cuando sentimos que hemos perdido el foco, es el momento de hacernos preguntas clave:
Imagina una empresa industrial que, por inercia, sigue utilizando los mismos catálogos de hace cinco años. O una marca que, en su prisa por digitalizarse, lanza una web apresurada y sin estructura. ¿El resultado? No solo pierden oportunidades, sino que proyectan una imagen que no corresponde con su calidad real. Es como caminar por un sendero sin mirar el mapa: puedes avanzar kilómetros, pero hacia un destino equivocado.
La falta de reflexión lleva a errores acumulativos que, con el tiempo, son más difíciles de corregir. Y lo peor es que estos desvíos se vuelven parte de la rutina, hasta que la empresa apenas reconoce su propia identidad.
En La Plaza hemos aprendido que el verdadero valor de una pausa está en la claridad que proporciona. Al igual que quitarse las gafas para limpiar los cristales, detenerse y reflexionar sobre cómo la comunicación se alinea con los objetivos originales es una práctica que debería formar parte del ADN de cualquier empresa.
Algunas formas prácticas de hacerlo:
Cuando recuperamos el foco, descubrimos que todo es más sencillo. Recordamos por qué comenzamos, qué queríamos lograr y quiénes queríamos ser. Y esa claridad nos permite avanzar con más fuerza, sabiendo que cada paso nos lleva hacia un objetivo que realmente vale la pena.
Al final del día, el verdadero éxito en comunicación corporativa no está en la cantidad de mensajes que lanzamos, sino en la coherencia con la que construimos nuestra historia. Así que, si sientes que has perdido el foco, para. Respira. Y vuelve a enfocar.
Cuando tu comunicación está alineada con tus objetivos y valores originales, no solo proyectas confianza y profesionalidad, sino que también construyes relaciones más sólidas y auténticas con tus clientes. No dejes que el ruido del día a día desvíe tu camino.
Recuerda por qué empezaste y vuelve a enfocar.
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